Si yo pensara en estereotipos


nicolas uribe, el antiprogresista

Tengo una historia personal con la palabra estereotipo. Debí haberla aprendido en 1989,  y se me ocurrió usarla para contestar alguna pregunta pública que me hizo mi profesor de español de noveno. Creo que validó mi respuesta, pero al mismo tiempo me criticó por usar palabras tan rebuscadas. Es un pequeño trauma que me acompaña hasta hoy. El recuerdo es indeleble porque yo sabía que iba a usar una gran palabra y de seguro esperaba recompensa. Qué puedo decir. Eran las necesidades de mi ego en ese entonces.

Sucedía además que, de mis profesores, ese de español era uno de dos o tres máximo, de un nivel cultural decente en mi colegio. Pero yo nunca le gusté. Siempre prefirió a otro amigo mío, y siempre sentí que a mí me cobraba más duro los errores, o que no me celebraba tanto como debiera mis pretendidas brillanteces. Además, de todos los profesores que hubiera esperado me criticaran por usar esa palabra, el hecho de que lo hiciera el de español, era lo que menos me esperaba. Total, independiente de su intención, siempre tuve cierta fama de hablar rebuscado entre algunas personas. Pero bueno, esta breve reminiscencia personal (rebuscado, si) no es el tema. El tema son los estereotipos, palabra que como he usado tantas y tantas veces desde ese entonces, seguramente estimulado precisamente por el rechazo de mi profesor, tiene una cierta importancia para mí.

Y vino al tema por esta columna del señor nicolás uribe, a quien como a tantos políticos, no conozco personalmente, y sólo puedo ver de ellos lo que aparece en medios. No me gusta. No me gusta por uribista. Sin embargo, habría yo pensado que si existieran intelectuales de derecha, cosa que con sinceridad encuentro contradictoria por razones éticas, él podría ser uno de ellos. Su columna titulada intolerancia progresista sin embargo me refuerza la idea de que pensar en un intelectual ético y de derecha es imposible. La diferencia entre derecha e izquierda es sencilla: si usted está de acuerdo en la defensa en contra de los abusos de grupos o individuos muy poderosos en contra de las personas del común, se reconoce como tal, y no tolera en ningún escenario abusos contra la dignidad humana y los derechos de comunidades de personas con poco y muy poco poder, usted es de izquierda. Si no, usted es de derecha. Por ejemplo, si usted cree que para generar empleos es mejor no molestar mucho a las empresas, con tal de que inviertan, así contraten en condiciones desfavorables y tengan divisiones de servicio al cliente especializadas en burlarse de usted, entonces usted, además de ser una mente privilegiada que entiende las complejidades de la macroeconomía, es de derecha. Y si no, es de izquierda. Para mí el asunto fundamental en la comprensión de la sociedad es el poder. Hay personas y grupos con mucho, y quizás demasiado. Hay otras con poco, muy poco, y otras tan totalmente desposeídas que hay unos soldados que creen que las pueden matar por ganarse unas horas libres y salir impunes. Hay en mi concepto, mucha mala teoría y mala ciencia hoy que dice que no, que eso del poder no, que es  obsoleto y anacrónico y que todos tenemos. Si usted cree en eso, le sugiero recordarlo la próxima vez que tenga alguna discrepancia con su facturación del celular y decida hacer un reclamo, o mejor aún, si tiene alguna discrepancia con su banco en relación a sus derechos y deberes.

Pero a diferencia de Nicolás uribe yo me refiero a las personas en particular y no a la totalidad de los grupos de personas de forma indiscriminada. O al menos trato. Me esfuerzo en ser cuidadoso con el uso de los cuantificadores clásicos de la lógica aristotélica: todos y algunos. No me gusta armar categorías de personas, a no ser que ellas mismas se organicen para definirse como tales: por ejemplo, una categoría mal hecha y ridícula, pero autodefinida: los verdes, el polo. No me gustan las categorías nacionales ni regionales. No pienso una cosa de la gente por ser de tunja, o de pasto, o de la costa, o ser negra, o lo que sea. Me parece profundamente irrespetuoso. Me transporta otra vez al colegio. Teníamos un compañero de apellido Dangond Hinojosa. Era primo, creo, de alguien del grupo de Carlos Vives. Ignorantemente, como es común en muchos bogotanos de clase media, por sus rasgos decíamos que era “costeño”. En realidad creo que era de Valledupar. Para la decepción generalizada de profesores y pares, no era el simio dicharachero, perpetuamente sonriente e ignorante que todos esperábamos que fuera, por ser de la costa. Cada vez que empezaba una oración no decía “ajá”. Tampoco se refería a nadie como “cuadro”. Era un tipo muy serio, de mirada más bien triste. No hablaba mucho. Siempre sentí que en el fondo, nos despreciaba a todos por desconocerlo como persona y tratar de meterlo a las malas en el estereotipo del costeño que tan bien venden en las novelas que tanto gustan a tanto colombiano orgulloso y de verdad verdad.

Probablemente desde ese entonces empezó mi esfuerzo por no encasillar a las personas por pertenecer a grupos a los que no han decidido pertenecer.  Es distinto cuando uno escoge a cuando no. Uno escoge ser verde o no serlo, y eso desdice y dice de uno, respectivamente,por poner cualquier ejemplo. Pero uno no escoge la famiia en donde nace. nicolas uribe decidió armar un grupo de personas que llama los progresistas. Al leer la columna, llena de estereotipos, generalizaciones y usos abusivos de “todos” y “ninguno”, descubre uno finalmente que él ha querido llamar progresista a todo el que no piense como él. Da una serie de síntomas de ser progresista, que pueden ser o pueden no ser, finalmente, el fondo de esta pueril e intolerante columna no es tan importante como su uso. Esta columna es una declaración de la forma como nicolás uribe estereotipa a sus contradictores, que él llama progresistas. uribe hace una mezcla desordenda de todo a lo que se opone, y con eso arma un grupo de personas. ¿Con cuántas o cuales características de las que él nombra será suficiente para ser eso que él llama progresista? ¿Bastará con una? No lo sabemos. Queda al criterio interno de nicolás uribe, del cual por como escribe, no me fío. El tema no es nuevo en el señor uribe. Hay un antecedente burlesco hace tiempo en Soho. En esa ocasión se le pidió estereotipar, cosa para la cual tiene talento, pero con humor a un mamerto. Lo hizo con mediana gracia, aunque altísima para el estándar uribista, como se sabe, carente de humor por completo.

En honor a la ironía, en su más reciente trabajo de estereotipación, acusa de tener una intención totalitaria a todos, todos, los que no piensen como él. Un ejemplo típico del modo deshonesto de argumentar de ejemplares comúnmente derechistas, conservadores, uribistas y republicanos. Los poderosos haciéndose las víctimas. Entonces ahora pobrecitos: arrinconados y ridiculizados por esa horda inmoral de progresistas. uribe, él sí de manera inmoral, soterrada y deshonesta, intenta asociar varios ideales que sostienen algunos izquierdistas y asociarlos al término “progresistas”. Al construir esta asociación negativa al término progresismo, de manera consciente – o inconsciente, pues no sé si el señor es tan inteligente- ensalza entonces el concepto opuesto, la tradición.  Promueve así la exitosa retórica conservadora del miedo al cambio y el terror que nos sumió en ocho años de uribismo o en estados unidos a ocho años de bushimo.

En la sociedad más desigual en términos socioeconómicos y de oportunidades (colombia) del continente más desigual del mundo (américa latina) , yo por lo menos si encuentro no solo inmoral, sino antisocial estigmatizar a las personas que queremos promover cambios en beneficio de quienes más los necesitan, y que legítimamente podemos decir que tenemos una agenda progresista, sin que se nos pueda catalogar con las vulgares y toscas generalizaciones de este gran ego neoconservador que espero, después de su última quemada, no tenga otra vez la oportunidad de incidir en decidir qué es mejor para la gente en colombia.

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