Tú también profesor, digo maestro, Carlos Gaviria.


No olvidaremos a quienes te apoyaron. Nunca.

Carlos Gaviria, otro profesor como el profesor Antanas, pertenece a ese parnaso criollo en donde algunas personas sitúan a los intelectuales que han incursionado en política. Los adoradores de uno y otro –si, adoradores- les crean un pesado halo de infalibilidad. El halo es pesado para ellos, porque son humanos, pero sobre todo para sus seguidores, que se ven a gatas en la difícil labor de responder por acciones y declaraciones que deben, sí o sí, estar bien pues son obra del profesor Mockus o del profesor Gaviria.

Las actuales fallas del profesor Antanas son más simbólicas que reales. Decepcionar a un montón de gente y hacer el ridículo en público, y sobre todo lo último, finalmente en concreto no afecta mucho la vida de la gente. Da de qué hablar, pero en relación a la prueba última de desempeño de cualquier ser humano, las acciones, el profesor Mockus ha hecho un montón de buenas acciones. En la actualidad la mejor que ha hecho es ratificar que no apoya a alguien que encuentra tan obviamente cuestionable como Álvaro Uribe. La subsecuente crisis verde es un efecto secundario e irrelevante.

El otro profesor, al que sus adoradores no llaman profesor sino maestro, porque él es más que un profesor, es es, un maestro, tiene en su haber una acción particularmente funesta para la vida de muchas personas. Samuel Moreno llegó a la alcaldía de bogotá apoyado por Carlos Gaviria Díaz. Yo me acuerdo que la especialidad del antes irrelevante senador Moreno era decir estupideces y echar chistes flojos cada vez que veía una cámara o un micrófono. No era un secreto el tipo de persona que era Samuel Moreno antes de que en mala hora llegara a la alcaldía. Y en particular no lo era para ese “faro moral”, como a alguna gente le gusta llamar al profesor, al maestro Gaviria.

Cuando llego a un cruce en particular en el centro de Bogotá en donde un indigente con una especie de bate me hace el favor de golpear contundentemente las llantas de mi carro para hacerme notar que no están pinchadas y que voy bien de aire, pienso en muchas cosas. Últimamente pienso mucho en qué tipo de infancia habrá tenido ese hombre y en qué tipo de sociedad somos que permite que un niño llegue a ese estado. Pero además pienso que si la 26 no estuviera destrozada por culpa de la gestión de alguien que era evidentemente inepto para la tarea, yo no tendría que estar ahí. También me acordé mucho de Samuel y de la Capitana una vez que me demoré una hora y cuarenta minutos en un trayecto que me tomaba veinte. Pero ¿y el profesor, digo, el Maestro Gaviria qué?

El maestro, en mi perspectiva personal, ha pasado de agache y nadie le ha dicho nada, no sé si Felix de Bedout. El maestro Gaviria no es ningún faro moral, a no ser que se considere moral haber apoyado a Samuel en la consulta interna del polo y luego para la alcaldía. El señor tampoco es tan inteligente, por la misma razón. Yo en serio creo que para algunos puede ser difícil pensar en que un señor de tan cuidado pelo blanco no sea esa especie de gurú en el que algunos lo han querido convertir. En dónde radica su aura. ¿Es la edad? Podría ser. Yo tengo la impresión que aquí la vejez es como un grado académico. A la gente le gusta pensar que los viejos son sabios, sobre todo, a ellos mismos. Algunos viejos y viejas se ven por ahí actuando como si la vejez les diera los pantalones, y la licencia, para decir cuanta sandez se les venga en gana. Se puede empezar desde no tan joven, para la muestra un botón. Pero con Gaviria, ¿Qué es lo que pasa? ¿Es el tono de voz elocuente? ¿Es haber sido magistrado de la Corte Constitucional? ¿Qué ha hecho salir al profesor, digo, al maestro, limpio de toda la debacle Bogotana? Yo no veo nada. Nada que lo justifique. Con el agravante de que las consecuencias de su pobre juicio político van mucho más allá de la decepción y el ridículo. Son hechos concretos que afectan la vida de millones de personas.

Profesor, perdón digo, maestro, maestro Gaviria: esto es su culpa. Entera. Su falta de juicio moral tiene a Bogotá como la tiene. Yo no solo culpo a Samuel, sino que lo culpo a usted de manera directa por esto. Cada vez que veo el barrial que es la veintiséis, cada vez que me chequean el aire, cada vez que estoy en un trancón, me acuerdo de Samuel y de usted. Eso si le agradezco por permitirme romper cada vez más paradigmas: desapareció de mi mente el imaginario del viejo erudito y sabio. La próxima vez que me encuentre un ser humano de edad avanzada con esas ínfulas, ya estoy curado. Gracias maestro, gracias. Gracias también de parte de toda la izquierda, quedó lista para grandes cosas.

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