Lucho Garzón, Octubre 23, El Espectador


Columna “Lucho sin rodeos”
Título: “La ley Cecilia
Fecha: Octubre 23 de 2008

Me costó bastante trabajo entender de qué se trataba esta columna. Puedo decirles de qué no se trata: de la ley Cecilia. De las 567 palabras de la columna de Lucho, solo 13, que componen una frase subordinada en la primera oración de la columna explican de qué se trata. Dice Lucho que la ley “permite borrar de la lista negra a morosos por créditos no cancelados”. No hay mucho más sobre la ley Cecilia.

El resto son un montón de comentarios inconexos que básicamente caen en tres categorías que son comunes en las columnas de Lucho. La primera es comentar sin orden ni concierto sobre distintas cosas que han pasado en la semana que transcurre o en la pasada. La segunda son despliegues de inteligencia y cultura. La tercera es el uso impúdico y desesperado de sus columnas a favor de la gran causa de Lucho: él mismo. Todo esto al estilo Lucho: tiene que ser chistoso.

A mí el humor de Lucho no me gusta. Me parece cansón, forzado. Todo lo que dice tiene que ser chistoso. Que jartera. No sé a quién diablos pretende divertir o si cree que con eso se acerca más a la gente. Y si cree eso, me pregunto qué cree de la gente: probablemente que necesita simplificaciones ramplonas y reírse cada cinco minutos.

En la categoría “cosas varias de la semana que transcurre”, Lucho se refirió al cara dura de la semana, Hernán Andrade, presidente del Senado y su préstamo desvergonzado. Luego empezó a hablar de una ley de transformación social, y utilizó una de esas líneas populacheras y melodramáticas que tanto le gustan: dice que la ley “podría asimilarse a un trasplante de corazón. Ese corazón que les quedó chiquito a los pobres y que cada día les hace más difícil las pulsaciones para sobrevivir.” ¿Qué diablos es eso? ¿Y porque la ley podría asimilarse a un trasplante de corazón? Uno podría esperar que procediera a explicar por qué plantea esa semejanza, tan sentimentaloide, con la esperanza de verlo desarrollar algún tema. Pero no, tampoco va a hablar de eso. Ahora viene el despliegue de inteligencia y cultura, alrededor del tema del agua tibia: que Colombia es una sociedad inmoralmente inequitativa, cosa que ilustra con varias cifras. Pierde la tercera parte de su columna señalando algo obvio, con lo cual posteriormente adivinen qué hace: nada. O sí: tratar de convencer al lector de que él realmente entiende que hay debajo de esas cifras.

Ahora viene lo de la lagartería a favor de la causa de sí mismo. Después de echar unas puyitas sosas no importa quién, empieza a celebrar a “La doctora Cecilia”, porque la iniciativa que ella promueve en el senado hace “de la política social una agenda de derechos y no una carga de filántropos vergonzantes”. Que tesis tan interesante, Lucho, por favor, explíquenos su significado. Dice entonces:

“La filantropía en lo público hace que el gobernante se comporte como si fuera Sor Teresa de Calcuta, regalando plata que no es de él, utilizando la televisión los sábados para volverlos felices, aunque los pobres sigan siendo infelices y elaborando un espejismo, haciendo que detrás de una galletita se genere la ilusión de conquistar el mundo.”

Yo hubiera esperado que elaborara lo de la agenda de derechos, pero no. En cambio hay jueguitos de palabras y bobadas. ¿Y qué es eso de la galletita y la conquista del mundo? “Galletita”. Si claro, él le dice “galletita” a una galleta pequeña, y no “galletica”, como le diría toda la gente normal en Colombia. “Galletita”. Por favor. Y lo peor es ese remate: cómo ustedes sabrán, y sobre todo Lucho que entiende al pueblo como nadie, los pobres siempre han tenido la intención de conquistar el mundo. Sobre todo cuando ven una “galletita”. De qué diablos habla. En su último párrafo hay más lagartería a Cecilia López y melodrama personal, y termina con una sentencia de demostración de inteligencia y cultura: “¡Es lo social, estúpidos!”.

En general la columna de Lucho me parece malísima. Lucho no sabe poner títulos o elaborar un tema. Utiliza la columna sobre todo para la promoción de sí mismo, pero no para desarrollar alguna idea interesante sobre algo, cosa que además no parece saber hacer. En general, recomiendo leerla para aprender a conocer a uno de los personajes más embriagados con el poder de la escena política nacional. Embriagado como un borracho jarto.

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Un comentario en “Lucho Garzón, Octubre 23, El Espectador”

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